Conoce la historia de Mariela Medrano Meza, una usuaria de Coosalud que venció un cáncer de mama en estadio 3 tras 26 sesiones de quimioterapia, una cirugía y, sobre todo, una fuerza mental admirable.
A Mariela la vida la había golpeado tantas veces —consecutivas y casi simultáneas—, que parecía inconcebible que llegara un sacudón más. La muerte de su padre, también la de su hija; la aparición de una chispa que provocó la quema de su casa y del restaurante por el que había trabajado durante 28 años…
Y, de repente, una prueba más. “De un día para otro sentí esa masa en mi seno y me fui al puesto de salud de El Pozón (en Cartagena) y dije: «Seño, necesito que me regale una cita prioritaria porque tengo una bola que me salió». Me mandaron a otro médico, en los Cuatro Vientos. Al día siguiente, me llamaron, a las 11 del día, que me tenía que presentar a hacerme la mamografía, y yo fui. Me remitieron enseguida para acá (al Centro Radio Oncológico del Caribe), porque tenía un tumor”, comenta.
¿El diagnóstico? Cáncer de mama en estadio 3.
Pero, aunque así lo parezca, esta no es una historia sobre las vicisitudes que ha atravesado una mujer a quien desde pequeña la vida le ha mostrado lo dura que puede llegar a ser, sino una historia de resiliencia y valentía.
“Soy la señora Mariela Medrano Meza y tengo 65 años”, apunta.
Unos segundos después, con la certeza de quien tiene una verdad absoluta, expresa: “Yo digo que el cáncer no mata, el cáncer está aquí (en la mente), todo lo que uno se graba es lo que empieza a funcionar en uno”.
Aun así, llegar hasta este momento no fue sencillo. El diagnóstico inicial fue un golpe devastador. En ese instante de fragilidad, la desesperación estuvo a punto de ganarle a sus ganas de vivir. Sin embargo, un encuentro oportuno en la calle y unas palabras de aliento la hicieron reaccionar: entendió que rendirse no era una opción y que su fe debía ser más grande que cualquier pronóstico. “Me dije: «Yo no me voy a morir, voy a ser un testimonio para muchas mujeres y voy a salir adelante».”, recuerda Mariela.
Afrontar el tratamiento no solo implicó el desgaste físico de las quimioterapias, sino también una compleja situación económica y de vulnerabilidad. Llegó a pesar de 37 kilos y sin recursos siquiera para pagar el transporte desde su barrio. Pero Mariela convirtió la necesidad en motor: con el apoyo de su oncólogo tratante y un pequeño impulso, comenzó a vender rosquitas y ajonjolí. Con esas ventas diarias costeó sus pasajes para no faltar a ninguna cita. Y poco a poco, empezó a incluir más productos en su oferta.
Según reafirma, en medio de la ausencia familiar, el Centro Radio Oncológico del Caribe y su EPS, Coosalud, se convirtieron en su principal ayuda. Médicos, enfermeras y personal asistencial pasaron a ser sus “hermanas, nietos, sobrinos y amigos”.
En el camino, desde luego, no faltaron momentos difíciles: las 15 quimioterapias iniciales, la cirugía en la que perdió su seno, la caída de su cabello y cejas, y las 11 quimioterapias posteriores (completando un total de 26 sesiones). No obstante, ante cada cambio físico, su respuesta siempre fue la misma: “Perdí un seno, pero no la vida; se me cayó el pelo, pero no la vida”.
La determinación de Mariela no se detuvo en las salas de tratamiento. Decidida a no dejarse vencer por la depresión o la inactividad, Mariela ingresó al Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) y, a la fecha, ya ha realizado siete cursos enfocados en el área de emprendimiento. En los más recientes, aprendió a hacer vinchas, turbantes y demás accesorios de bisutería que comercializa.
Ahora, más que una usuaria en seguimiento, se ha convertido en un “canal de bendición” y en una especie de terapeuta informal para quienes llegan por primera vez a la IPS donde es atendida. “Cuando puedo, brindo almuerzos, hago mercaditos para pacientes que llegaron como yo llegué un día que no tenía para comer”, asegura.
Uno de los momentos más significativos de su proceso ocurrió cuando la invitaron a participar en ‘Modelo Rosa’, un evento celebrado en un reconocido hotel de la ciudad. “Ya a mí me estaba saliendo el pelito, pero para el evento decidí ir calvita —refiere—. Me pasé la cuchilla yo misma, me afeité y llegué con mi peluca. Cuando nos estaban maquillando, la doctora nos dice: «Ay, yo quisiera que algunas estén calvitas, porque ese es el momento más especial para Modelo Rosa». Yo no dije nada, me quedé calladita”.
Y continúa: “Cuando ya estábamos modelando en ropa deportiva, una canción menciona la palabra «poderosa», y yo ahí me quité la peluca”. Los aplausos no se hicieron esperar; ese día se sintió valorada y renacida, entendiendo que la feminidad y la belleza van mucho más allá de lo físico.
Hoy, tras haber superado las etapas más duras del tratamiento y con los controles médicos pertinentes, Mariela celebra varios meses desde que su oncólogo le confirmó que está libre de cáncer. Recuperó su peso, mantiene su alegría y se define a sí misma como una triunfadora que hoy está “facturando, como la canción de Shakira”.
Su sueño ahora es claro: reabrir su propio restaurante, volver a la cocina donde dice ser una “Master Chef” de sancochos y pasteles, y seguir demostrando que no hay adversidad capaz de apagar las ganas de vivir.