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Sus vidas y secretos para conservarse

“Allá en mi pueblo donde yo vivía, en una loma, la luna era grandísima y clarita y el cielo lleno de estrellas y se veían los chigualos y matrimonios, ahora apenitas se ve”, recuerda María Antonia Cuero, de 118 años: “La luna traía como un santo adentro y tenía párpados”.

Rufina Rosero, más joven, de 110 años, cada vez que paría un hijo se comía una gallina entera todos los días de la dieta que duraba 40 días, no podía ventearse, ni se bañaba de cuerpo entero. Rufina le dio cristiana sepultura a su marido hace 30 años, con quien tuvo 12 hijos, ha enterrado hijos y nietos. Hoy tiene 36 nietos, 42 bisnietos y 15 tataranietos. El año pasado se reunieron todos.

María Antonia nació el jueves 18 de octubre de 1901 en un caserío a las orillas de la desembocadura del río Mayorquín, en el pacífico del Valle. Tuvo 8 hijos y su mamá, 16. Hasta hace cuatro años, cuando tenía 114, se montaba sola en su canoa y salía a pescar río arriba.

Rufina nació en Pasto un 18 de octubre, pero de 1910, conoció a su marido a los 13 años y a los 15 se comió las primeras 40 gallinas. Enrique Argote fue su primer y único hombre.

En la época que ellas nacieron, Colombia tenía 5 millones de habitantes, no había volado el primer avión, se comenzaba a construir el Canal de Panamá y una epidemia de tifo casi acaba con la población de Bogotá.

María Antonia es liberal, devota de San Antonio, le gusta el biche y lo ha preparado toda su vida, se baña sola todos los días y lava su ropa. Rufina, por su parte, es devota del Señor de la Misericordia, le gusta ver telenovelas y noticias, y ya no va a misa, pero la ve por televisión, duerme tres horas de siesta todas las tardes y prepara el mejor cuy.

“¿Por qué creen que están tan bien a pesar de los años?”

María Antonia: Por comer dos o tres bananos medio verdes, cocidos, cada día, todos los días.

Rufina: Por vivir tranquila y comer bien, no esa comida contaminada que comen ahora.

Además de por haber pasado hace varios años por los 100, María Antonia y Rufina tienen en común su fecha de cumpleaños, que viven en Cali y son afiliadas a Coosalud.

Cuando María Antonia, a sus 53 años, tuvo a la última de sus hijas, se la entregó envuelta en hojas de plátano a Ana Rosa Moreno de Balanta, la única maestra de Mallorquín. La bebé tenía dos o tres meses. La profesora crio a la niña, la bautizó como Delcy, le enseñó a leer y a escribir y la educó hasta que la hizo docente, y después le presentó a su madre biológica, que vivía sola en un rancho. Hace tres años, Delcy, retirada del magisterio, recibió a María Antonia en su casa en Cali, y otras nietas le ayudan a cuidarla cuando no están trabajando. La llevan a los chequeos médicos de rutina. Hoy pesa 47 kilos, cuando la trajeron a Cali, pesaba 44.

Rufina vive desde hace varios años rodeada de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Las mujeres le dedican más tiempo. Cariño le sobra y lo que más le molesta es la vista. Come de todo y le gusta ir pasear a Popayán, tiene excelente memoria y recuerda quién le prometió llevarla a comer helados y quién de su familia le debe dinerito. Hace cuatro años le practicaron una cirugía en el Hospital Departamental del Valle para extraerle un mioma y a los tres días ya estaba en su casa.

María Antonia camina derechita, cocina, se hace sus trencitas y si antes se distraía viendo bajar el río, ahora se distrae viendo pasar carros desde su ventana. Hace una semana se cayó, por su atolondrada manía de bajarse de primera de los carros. Su problema es la presión arterial, la tenía en 230, pero los doctores del Hospital Departamental del Valle, Peter Vargas y Bernardo Herrera, se la han estabilizado en 170/110. Cuando va donde el internista o el nefrólogo, todos les dicen: “pero vos estás mejor que yo, María Antonia”. “Los médicos y enfermeras se toman fotos conmigo y me abrazan”, comenta. Dos años atrás, la operaron de cataratas y le pusieron audífonos, pero casi no los usa porque le da miedo que llueva y se le mojen. Los médicos le dicen que si controla la presión va a vivir otros cinco o diez años. Y María Antonia se ríe y, como siempre, se lleva la mano a mano a cara.

La semana pasada, Rufina se acordó de que Alicia, su nieta preferida en esta época, no le había devuelto los 5.000 pesos que le había prestado tres meses atrás para pagar un taxi.

Hace poco María Antonia regresó en lancha a “mi río”, como ella le dice a su pueblo, al norte de Buenaventura, y tiró una atarraya en la bocana. Cuando la marea estaba llena, sacó unos chigualos, los puso en una sarta y los ahumó, como ha hecho desde hace 100 años. Comió piangua, chigualo, chatapurrí y zaino. Bailó, pero poquito, no como antes que podía bailar tres días seguidos. “Ya estoy vieja”, dice, y sonríe como una niña, se lleva la mano a la cara y se toca los areticos de oro que le regaló una nieta hace más de 20 años.

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