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15 días intubada por covid, secuelas y un gran testimonio de supervivencia 

Ana Elvira Rodríguez se contagió en marzo de 2021. Estuvo hospitalizada durante 30 días, de los cuales, la mitad permaneció con intubación. Tras recuperarse de covid, fue diagnosticada con parálisis parcial de cuerdas vocales, por lo cual tuvo que permanecer en reposo y terapias durante un año antes de volver a su trabajo como colaboradora de Coosalud.

Su voz es el instrumento con el que, por más de 21 años, Ana Elvira ha brindado apoyo y orientación a miles de afiliados a Coosalud en el municipio de Cómbita, Boyacá, ubicado a unos 20 minutos de Tunja, su capital. Por eso, cuando que le diagnosticaron parálisis parcial de cuerdas vocales, como secuela del covid-19, fue uno de los días más difíciles de su vida, como ella misma lo afirma.

Los síntomas del virus le aparecieron en marzo de 2021. Comenzó a sentir fatiga, dolores musculares y dolor de garganta y, teniendo en cuenta sus conocimientos en el área de la salud, decidió acudir a tomarse una prueba. El 25 de ese mes llegaron los resultados: positiva. “Me regresé a mi hogar a guardar mis 14 días de aislamiento. Además, una vez me diagnosticaron a mí, se les solicitó la prueba a mi esposo y mi hijo que viven conmigo, saliendo también positivos”, comenta la mujer, de 60 años.

Lo complejo vino después. Fue un Jueves Santo. Recuerda que, estando en casa, en reposo, cada día se sentía más enferma que el anterior, así que solicitó atención médica domiciliaria. Entre tanto y, por fortuna, sus familiares superaron la enfermedad sin mayores complicaciones. “La doctora que me hizo la valoración, me encontró una saturación por debajo de 60 (un nivel normal de oxígeno en la sangre debe oscilar entre 75 y 100 milímetros de mercurio (mm Hg)), y mucha dificultad para respirar, por lo que me recomendó irme a urgencias”, relata.

Una ambulancia la trasladó al hospital de Tunja, donde, de inmediato, fue hospitalizada. “El doctor que me recibió me puso una cámara de oxígeno caliente, me ubicó boca abajo durante tres horas, pero mi saturación no mejoró”.

El siguiente paso era la intubación, pero ella se negaba, porque conocía sus riesgos. “Le pedí el favor (al médico) que me diera otra oportunidad de ponerme la máscara de oxígeno, a ver si podía superar mi saturación, pero, de nuevo, no fue efectivo el proceso. Mientras tanto, me habían tomado exámenes y placa de tórax. El médico tratante me explicó que mis pulmones estaban totalmente invadidos por el virus, por lo que, en mi caso, no tenían otra alternativa, debían intubarme. Para estos casos había otro proceso que podía hacerse, en el que debía permanecer 72 horas en posición boca abajo, solamente levantándome para ir al baño y poder alimentarme, pero no me lo podían hacer porque, en esa época, estaba en obesidad, pesaba 88 kilos, y podría sufrir un infarto al estar en esa posición, pues iba a esforzar mucho mi corazón”, describe.

Y continúa: “Consulté con mis hijos y con mi esposo, si permitía que mi intubaran o esperaba a que Dios dispusiera de mi salud. Me acogí a Dios y le pedí que él fuera quien me hiciera la intervención, después, le di la bendición al médico. Él pronosticaba que serían uno o dos días. Cuando le entregaron mis pertenencias a mi hijo que me acompañaba, le dije, —y lo recuerda entre lágrimas—: «me voy a un viaje, espero que no demore». Resulta que ese par de días se convirtieron en 15 días intubada y, luego, 15 días más en recuperación, para un total de un mes hospitalizada”.

Cuando despertó de la intubación, Ana Elvira se vio ahí, en la unidad de cuidados intensivos, con muchos equipos conectados a su organismo, usando pañal desechable, sin ropa, con sonda nasogástrica (tubo plástico que se conecta a la nariz para transportar alimentos y medicamentos al estómago) y canalizada. “Le pedí nuevamente a Dios, que me diera mucha fortaleza para seguir ahí, pensaba mucho en mi familia, en la familia Coosalud, en mis afiliados, si los volvería a ver, si volvería a ver a los míos, porque en esos momentos escuchaba que personas que estaban en la UCI fallecían y pensaba: «¿Cuándo me tocará a mí?»”.

Reconoce que, uno de los factores que le permitieron superar la enfermedad fue el apoyo de su núcleo familiar: su esposo, Orlando, y sus tres hijos: Juan Carlos, Jonathan, residentes en Cúcuta y Bogotá, respectivamente, y Jeison Orlando, que convive con sus padres. Desde su estancia hospitalaria, por supuesto, no podía verlos directamente, pero se comunicaba con ellos por videollamada.

Quienes también permanecieron pendientes de su estado de salud fueron los afiliados, sus compañeros de trabajo, sus jefes, sus vecinos y los miembros de su comunidad, donde es muy conocida. “Todos ellos, con sus mensajes, con sus oraciones, me dieron esa voz de aliento que necesitaba para superar esta prueba”.

Una vez le dieron el egreso en la clínica, debía realizarse seguimiento médico interdisciplinar, incluido con medicina interna, teniendo en cuenta que, además, recibió un diagnóstico alterno de diabetes e hipertensión arterial, debido a su condición de sobrepeso. “Entonces debía empezar a aplicarme insulina… Y bueno, procedí a mis controles con medicina familiar, internista, nutricionista y psicólogo. Me formularon cerca de 60 terapias cardiopulmonares, las cuales las realicé completamente. Luego, tuve valoración por fonoaudiología, porque empecé a notar que mi voz no era la que yo tenía, que a veces era clara y a veces era opaca, que me fatigaba mucho cuando hablaba”.

La remitieron a un laringólogo especialista en las cuerdas vocales, quien le ordenó una nasolaringoscopia que arrojó el diagnóstico de parálisis parcial de cuerdas vocales. “Fue devastador. Entendí que tendría dificultades para hablar y mi trabajo requiere hablar todo el tiempo con los usuarios, entonces, era complejo asumirlo. Le pedí a Dios que me diera valor, y que los médicos tratantes pudieran, con su metodología, lograr que yo volviera a usar mi voz lo mayor posible. El laringólogo me decía que, para esta condición hay una cirugía, que es por laparoscopia, para lo cual debían tocarme parte de las cuerdas, con el fin de mejorar un poco la respiración y que no me fatigue, pero una de las consecuencias es que mi voz puede quedar opaca para siempre, entonces, por eso, él no optaba por ese procedimiento”.

En ese sentido, el especialista le recomendó seguir con sus terapias. Le hicieron cerca de 50 consecutivas, tres veces por semana. Además, debía hacer sus ejercicios en casa. En adelante, fue necesario que siguiera asistiendo a diferentes controles y permanecer en reposo, por lo que su incapacidad se fue prorrogando hasta cumplir un año.

En todo este proceso, además de su atención médica por su EPS, ha recibido acompañamiento por el área de medicina laboral de Coosalud, que funciona desde la oficina nacional, en Cartagena, de la cual ha recibido valoraciones constantes y seguimiento a su estado de salud.

El 14 de marzo de este año llegó el día que había estado esperando durante varios meses. Ese día, madrugó, caminó los escasos metros que separan su vivienda de la oficina de Coosalud, atravesando por el parque principal del municipio, para integrarse nuevamente a sus labores: “¡Qué alegría que sentí volver a la oficina, cuando ya pensaba que no podía volver a hacerlo! Sentí una enorme satisfacción en el momento en el que ingresé, me dio nostalgia, lloré, porque Dios me había permitido volver a sentarme en mi lugar de trabajo”, refiere.

Ana Elvira Rodríguez es profesional en enfermería. En el 2001, a raíz de la liquidación de una EPS que operaba en la región, convocaron a todos los afiliados, cerca de 7.000 que tenía esa entidad en el régimen subsidiado en Cómbita, a reunirse en el polideportivo del municipio, para que escogieran sus EPS. “Llegaron varias entidades a la zona, entre esas, Coosalud”.

Quizá por su trayectoria laboral, pues se había desempeñado durante seis años como administradora en el Sisbén, fue seleccionada para trabajar en Coosalud, desde el 14 de julio de 2001. “La primera oficina de Coosalud que hubo en este municipio fue en el portón de mi casa, con una silla, una mesa, un cuaderno, un esfero y una cortina. Hoy, ya tenemos una oficina muy bien acondicionada. La EPS ha venido progresando y posicionándose a nivel nacional y también en la zona. En el municipio, con 4.500 usuarios, cuenta con el mayor porcentaje de población afiliada”.

Su reintegro a su empleo ha sido progresivo, ya que, al principio, por ejemplo, solamente podía hablar por un máximo de tres horas por recomendación médica, y ha continuado en seguimiento y terapias con fonoaudiología. No obstante, en las conversaciones que puede tener con los afiliados, siempre que tiene la oportunidad, aprovecha para hablarles de su experiencia, para que se cuiden en estos momentos, que se sigan protegiendo, que se vacunen, porque el covid-19 no se ha ido. “Y, en caso de que les dé y se compliquen, es importante que piensen que habrá una segunda oportunidad de vida, que no se desmoralicen, siempre piensen en positivo y no se dejen desfallecer, porque, si uno pone de su parte, logra salir adelante”.

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