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Historias de vida

Carolina y su experiencia en un hotel adecuado como centro de aislamiento

Carolina*, o Caro*, como le dicen cariñosamente, estuvo durante nueve días encerrada en la habitación de un hotel ubicado en el barrio El Bosque, en Cartagena. El recinto fue adaptado para recibir a afiliados a Coosalud que hayan resultado positivos para covid-19, que no requieran atención intrahospitalaria y no cuenten con las condiciones para cumplir el aislamiento en sus viviendas. Tras cumplir sus primeros días confinada en casa, fue trasladada a ese hotel, considerando que, si bien era asintomática, reside con varios miembros de su familia, entre ellos, su abuela, población de riesgo frente al virus, y su pequeño hijo.

Previamente le realizaron la prueba teniendo en cuenta el protocolo de cerco epidemiológico, pues la de un compañero de trabajo también había salido positiva.

No tuvo contacto presencial con nadie desde que se aisló en el hotel, aparte de las enfermeras que se acercaban cada cuatro horas a su habitación para tomarle la temperatura. Por las voces, reconocía que eran enfermeras diferentes, pero no les podía distinguir los rostros, porque usaban tapabocas, gafas, caretas, gorro y trajes completos, con polainas en sus zapatos. Todas vestidas con uniforme azul.

Cuando se acercaba la hora, una profesional de la salud le realizaba una llamada al teléfono de la alcoba y le informaba que ya iba para allá. Ni siquiera tocaba la puerta, ni timbraba. Había una marca, por la salida del cuarto, donde debía permanecer Caro y, otra, donde se ubicaba la enfermera. Ella le tomaba la temperatura con un termómetro digital tipo pistola, le decía cuánto marcó, por lo general 34 grados, y luego se retiraba amablemente.

No vio a nadie más en los pasillos. No supo cuántos contagiados como ella había en el hotel.

La habitación tenía cama doble, televisor, agua caliente, un escritorio, aire acondicionado y una ventana grande. “Nunca pensé que iba a vivir en un cuarto así de bonito. En mi casa vivimos mi mamá, mi abuelita, que tiene 79 años y es hipertensa; mi hermano, que es súper atlético, y yo, con mi bebé de 10 meses, al que le estaba dando lactancia los fines de semana, y por las noches, porque me desempeño como trabajadora social en una empresa de salud”, cuenta.

“Después de seis días de haberme realizado la prueba, me informaron que mi resultado había sido positivo para covid-19. Lo recibí con resignación, pero también con optimismo. Llamé a mi hermano y le dije que me preparara la ropa, que me iban a aislar en un hotel. Coosalud coordinó el transporte en un carro con todas las medidas de protección. El conductor usaba traje de seguridad y en el vehículo hay instalado un plástico que lo separa del asiento de atrás. En menos de dos horas, ya yo estaba en el lobby del hotel, que se veía totalmente vacío, nadie se encontraba en la recepción, ni en la sala de espera. A lo lejos vi a dos o tres personas con uniformes azules y blancos, muy parecidos. Los uniformes blancos son del personal del hotel”, relata Caro.

Y agrega: “Me dijeron que me dirigiera al piso 2, habitación 212. Yo subí por el ascensor y el empleado, por las escaleras. Me abrieron el cuarto y estaba todo lleno de instrucciones de bioseguridad. El baño, el closet, la cama, el escritorio. En estas me informan sobre todos los protocolos que debo seguir”.

Le entregaron un kit con tapabocas N95, visores, polainas, alcohol, jabones, guantes, gel antibacterial, esponjas…

Caro tiene 25 años. A los 20, recién graduada, estuvo trabajando en Guainía como trabajadora social en el hospital departamental de Inírida. Le hicieron una cirugía bariátrica y, por su obesidad, se encuentra en el grupo de riesgo frente al covid-19. Antes del embarazo, logró bajar de 112 a 70 kilos. Por estos días no puede hacer ejercicios, según recomendación médica, con el fin de mantener la mejor respiración posible.

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En el hotel, los horarios eran rigurosos y el servicio fue impecable, según cuenta. Las comidas se las dejaban en unas mesitas situadas junto a la puerta. Le avisaban por teléfono que ya podía recogerlas. Todo venía sellado, con una película plástica transparente, y los alimentos llegaban calientes. Aunque estaba totalmente aislada, Caro solo se quitaba el tapabocas para comer y dormir.

Cada tres días, le dejaban juegos de sábanas y toallas limpios. Ella debía sacar la ropa de cama y toallas usadas en una bolsa marcada. Nunca vio a nadie, nadie pasaba de la marca que había en la puerta. También cada tres días, le recogían su ropa sucia y, luego de una hora, se la dejaban en la entrada de la habitación.

Decidió seguir trabajando, así que, a las 8 de la mañana, comenzaba a llamar a los pacientes que debe supervisar, para saber si están siguiendo las instrucciones médicas, si están tomando sus medicinas y qué requerimientos tienen.

Ninguna de las personas hospitalizadas que están a su cargo tiene derecho a visitas, debido al aislamiento por la pandemia. Su paciente más delicada es una señora que tiene cáncer cervical.

Entre sus llamadas, Caro recibía algunas de médicos, epidemiólogos y colegas trabajadores sociales de Coosalud, que se comunicaban para hacerle seguimiento riguroso a su caso. Por su profesión, se expresa con términos médicos precisos, y su humanismo es notorio.

El padre de Gerónimo, su hijo, vive en Castillogrande. De ahí no puede salir, porque el barrio está cerrado, pues hay demasiados contagiados en el sector.

Por fortuna, el caso de Caro es uno menos en la estadística de los contagiados, y uno más en la de los recuperados.

Aunque estuvo asintomática, ahora entiende mucho más a los pacientes que tiene a su cuidado, pues ahora conoce mejor ambos lados de la enfermedad.

*Nombre cambiado para proteger la identidad de la testigo.

Historias de vida

Carolina y su experiencia en un hotel adecuado como centro de aislamiento

Carolina*, o Caro*, como le dicen cariñosamente, estuvo durante nueve días encerrada en la habitación de un hotel ubicado en el barrio El Bosque, en Cartagena. El recinto fue adaptado para recibir a afiliados a Coosalud que hayan resultado positivos para covid-19, que no requieran atención intrahospitalaria y no cuenten con las condiciones para cumplir el aislamiento en sus viviendas. Tras cumplir sus primeros días confinada en casa, fue trasladada a ese hotel, considerando que, si bien era asintomática, reside con varios miembros de su familia, entre ellos, su abuela, población de riesgo frente al virus, y su pequeño hijo.

Previamente le realizaron la prueba teniendo en cuenta el protocolo de cerco epidemiológico, pues la de un compañero de trabajo también había salido positiva.

No tuvo contacto presencial con nadie desde que se aisló en el hotel, aparte de las enfermeras que se acercaban cada cuatro horas a su habitación para tomarle la temperatura. Por las voces, reconocía que eran enfermeras diferentes, pero no les podía distinguir los rostros, porque usaban tapabocas, gafas, caretas, gorro y trajes completos, con polainas en sus zapatos. Todas vestidas con uniforme azul.

Cuando se acercaba la hora, una profesional de la salud le realizaba una llamada al teléfono de la alcoba y le informaba que ya iba para allá. Ni siquiera tocaba la puerta, ni timbraba. Había una marca, por la salida del cuarto, donde debía permanecer Caro y, otra, donde se ubicaba la enfermera. Ella le tomaba la temperatura con un termómetro digital tipo pistola, le decía cuánto marcó, por lo general 34 grados, y luego se retiraba amablemente.

No vio a nadie más en los pasillos. No supo cuántos contagiados como ella había en el hotel.

La habitación tenía cama doble, televisor, agua caliente, un escritorio, aire acondicionado y una ventana grande. “Nunca pensé que iba a vivir en un cuarto así de bonito. En mi casa vivimos mi mamá, mi abuelita, que tiene 79 años y es hipertensa; mi hermano, que es súper atlético, y yo, con mi bebé de 10 meses, al que le estaba dando lactancia los fines de semana, y por las noches, porque me desempeño como trabajadora social en una empresa de salud”, cuenta.

“Después de seis días de haberme realizado la prueba, me informaron que mi resultado había sido positivo para covid-19. Lo recibí con resignación, pero también con optimismo. Llamé a mi hermano y le dije que me preparara la ropa, que me iban a aislar en un hotel. Coosalud coordinó el transporte en un carro con todas las medidas de protección. El conductor usaba traje de seguridad y en el vehículo hay instalado un plástico que lo separa del asiento de atrás. En menos de dos horas, ya yo estaba en el lobby del hotel, que se veía totalmente vacío, nadie se encontraba en la recepción, ni en la sala de espera. A lo lejos vi a dos o tres personas con uniformes azules y blancos, muy parecidos. Los uniformes blancos son del personal del hotel”, relata Caro.

Y agrega: “Me dijeron que me dirigiera al piso 2, habitación 212. Yo subí por el ascensor y el empleado, por las escaleras. Me abrieron el cuarto y estaba todo lleno de instrucciones de bioseguridad. El baño, el closet, la cama, el escritorio. En estas me informan sobre todos los protocolos que debo seguir”.

Le entregaron un kit con tapabocas N95, visores, polainas, alcohol, jabones, guantes, gel antibacterial, esponjas…

Caro tiene 25 años. A los 20, recién graduada, estuvo trabajando en Guainía como trabajadora social en el hospital departamental de Inírida. Le hicieron una cirugía bariátrica y, por su obesidad, se encuentra en el grupo de riesgo frente al covid-19. Antes del embarazo, logró bajar de 112 a 70 kilos. Por estos días no puede hacer ejercicios, según recomendación médica, con el fin de mantener la mejor respiración posible.

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En el hotel, los horarios eran rigurosos y el servicio fue impecable, según cuenta. Las comidas se las dejaban en unas mesitas situadas junto a la puerta. Le avisaban por teléfono que ya podía recogerlas. Todo venía sellado, con una película plástica transparente, y los alimentos llegaban calientes. Aunque estaba totalmente aislada, Caro solo se quitaba el tapabocas para comer y dormir.

Cada tres días, le dejaban juegos de sábanas y toallas limpios. Ella debía sacar la ropa de cama y toallas usadas en una bolsa marcada. Nunca vio a nadie, nadie pasaba de la marca que había en la puerta. También cada tres días, le recogían su ropa sucia y, luego de una hora, se la dejaban en la entrada de la habitación.

Decidió seguir trabajando, así que, a las 8 de la mañana, comenzaba a llamar a los pacientes que debe supervisar, para saber si están siguiendo las instrucciones médicas, si están tomando sus medicinas y qué requerimientos tienen.

Ninguna de las personas hospitalizadas que están a su cargo tiene derecho a visitas, debido al aislamiento por la pandemia. Su paciente más delicada es una señora que tiene cáncer cervical.

Entre sus llamadas, Caro recibía algunas de médicos, epidemiólogos y colegas trabajadores sociales de Coosalud, que se comunicaban para hacerle seguimiento riguroso a su caso. Por su profesión, se expresa con términos médicos precisos, y su humanismo es notorio.

El padre de Gerónimo, su hijo, vive en Castillogrande. De ahí no puede salir, porque el barrio está cerrado, pues hay demasiados contagiados en el sector.

Por fortuna, el caso de Caro es uno menos en la estadística de los contagiados, y uno más en la de los recuperados.

Aunque estuvo asintomática, ahora entiende mucho más a los pacientes que tiene a su cuidado, pues ahora conoce mejor ambos lados de la enfermedad.

*Nombre cambiado para proteger la identidad de la testigo.

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